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Siguiendo las huellas de San Ignacio

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Ningún jesuita puede soñar con hacerse general de la Compañía de Jesús ni ambicionarlo. San Ignacio fue taxativo – y muy consecuente – sobre este punto. Según nuestro fundador, el mero hecho de desearlo le inhabilita.

 

Mi nombre no figuraba en ninguna, como ni tampoco el del Padre Adolfo Nicolás apareció entre los favoritos. Así el jesuita que sale elegido es una sorpresa y él es el primer sorprendido.

 

El día de la elección los 225 electores celebran la Eucaristía y entran en el aula para orar durante una hora en silencio antes del proceso de la elección. Sin embargo antes del tiempo de la oración un elector recuerda a los congregados el perfil y la descripción y deberes que San Ignacio consigna en las Constituciones. Es tan exigente que el mismo San Ignacio reconoció lo improbable de que todas esas cualidades pudieran encontrarse juntas en alguno. Tuvo que añadir esta nota consoladora: “Si algunas de las partes arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía.” Este amor a la Compañía no es meramente cuestión de sentimiento, sino que debe estar encarnado. Si el jesuita es siervo de la misión de Cristo, es muy probable que la congregación general prefiera elegir un jesuita “en misión” para anunciar la Buena Nueva del Señor allí donde no es conocido o es mal conocido. Es muy significativo que los tres últimos generales elegidos han sido “misioneros”, europeos enviados al Japón o al Próximo Oriente.

 

Es normal que la edad del superior general elegido juegue un papel. Un generalato de más de veinte años tiene la ventaja de asegurar una cierta continuidad; un generalato más corto permite un nuevo arranque, un nuevo impulso en la vida de la Compañía. Es muy improbable que un jesuita que nunca ha salido de su país natal, que sólo habla su lengua materna, que nunca ha tenido experiencia de ser superior, que lucha con problemas serios de salud y no tiene dotes de comunicación, llegue a ser superior general aunque sea una persona santa y un jesuita destacado. Aunque no tenga que vencer estas dificultades, no se sentirá preparado para el cargo y no hay modo de formar ni preparación para aprenderlo. Porque era difícil entender al Padre Arrupe después del ataque que le paralizó, las conversaciones con él no podían ir muy lejos.

 

Con todo, en un breve mensaje a la Compañía después de mi elección, tuve que confesar que no conocía la Compañía en su extensión mundial. Decía la pura verdad. Siempre he considerado una gracia de Dios en mi vida la decisión de mis superiores de enviarme al Próximo Oriente. No obstante las permanentes condiciones de guerra y agitación en esta explosiva zona, la espiritualidad de las iglesias orientales y la sabiduría del pueblo de Líbano, Siria y Egipto enriquecieron nuestra vida jesuítica. Sin embargo, la lucha por la supervivencia de la vida humana y la fe cristiana en el Oriente Próximo tuvo como consecuencia que temas universales como la implementación del Vaticano II, la creciente secularización, la teología de la liberación, la renovación de la vida consagrada y las tensiones en las relaciones con la Santa Sede quedaran lejos de nuestras preocupaciones apostólicas. Una vez elegido superior general, tuve que descubrir la Compañía en su dimensión mundial y estoy muy agradecido por todos los consejos y ayuda que me prestó el personal de la curia romana, que hizo posible una misión aparentemente imposible.

 

En mis 24 años de generalato visité prácticamente todos los países donde trabajan los jesuitas: los he viso en instituciones sofisticadas y barrios bajos, en parroquias y campos de refugiados, en noviciados y comunidades de la tercera edad, en centros de espiritualidad y estaciones de televisión. A pesar de las limitaciones humanas y las inevitables debilidades, tuve el privilegio de ver de cerca un amplio grupo de jesuitas dedicados a continuar la misión de Cristo a menudo veces en situaciones muy exigentes, no sólo al nivel material – la pobreza – sino también espiritualmente cuando nuestra misión no es vista con buenos ojos por el modo de vida moderno o los sentimientos que inspira el fundamentalismo religioso o simplemente la frialdad de la indiferencia. Y por fin el privilegio de conocer jesuitas llamados a seguir al pie de la letra las palabras del Señor: no hay amor más grande que dar su vida por el amigo.

 

Jesuitas del Salvador, África, India y Líbano, dando sus vidas en testimonio de amor y fidelidad al Señor. Todos estos encuentros me han enseñado a amar a la Compañía, a estos “amigos en el Señor” como dijo San Ignacio. Tenemos que dar gracias al Señor porque a pesar de la desconcertante diversidad de personalidades, caracteres, lenguas y culturas, el cuerpo universal de la Compañía ha permanecido no en simple uniformidad sino en una “unión de corazones y mentes” basada en la experiencia de los Ejercicios Espirituales que nos juntó a todos en la vía hacia Dios, espoleados para continuar la misión de Cristo. Como lo ve la reciente congregación general, los tres principios: el amor de Dios, la unión de mentes y corazones, la obediencia que nos envía a cada uno en misión a cualquier parte del mundo nos capacitan para superar las divisiones de un mundo fragmentado, porque tender puentes a través de las fronteras se hace crucial en el contexto del mundo de hoy dispuesto por el Señor con el deseo de salvar y sanar.

 

Peter-Hans Kolvenbach, S.J.

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